El reciente estudio de AthenaLab sobre identidad nacional y cohesión social revela una inquietante contradicción: seguimos orgullosos de ser chilenos, pero cada vez confiamos menos unos en otros. Una realidad que invita a reflexionar sobre nuestras raíces, nuestras tradiciones y la responsabilidad de construir un país que comparta algo más que símbolos patrios.
Hay investigaciones que merecen especial reconocimiento y difusión. Una de ellas es Identidad Nacional y Cohesión Social: Chile en Perspectiva, presentada en septiembre por AthenaLab, fruto de un trabajo de investigación desarrollado durante cerca de tres años, en el que participaron John Griffiths, Marcelo Masalleras, María Fernanda Muñoz y Aldo Cassinelli. Sus resultados son tan interesantes como contradictorios: un 68% manifiesta el máximo nivel de orgullo por ser chileno, porcentaje que se aproxima al 80% al incorporar el nivel siguiente. Sin embargo, un 87% expresa desconfianza interpersonal y un 89% considera que nuestra sociedad está más dividida que hace diez años. Otras encuestas anteriores, como las de Ipsos y la Universidad Católica, ya habían recogido antecedentes sobre el orgullo de ser chilenos y nuestra identidad nacional.
Para comprender esta contradicción conviene distinguir tres conceptos que frecuentemente confundimos. Ser patriota significa amar a la patria, respetar su historia, sus símbolos y tradiciones, pero también asumir responsabilidades hacia ella mediante la honestidad, el servicio y el respeto a las leyes. El nacionalismo, en cambio, es una concepción política que sitúa a la nación y sus intereses en el centro de la organización colectiva, pudiendo adquirir expresiones integradoras o excluyentes. Pero existe una tercera dimensión: ¿qué significa ser occidental? Contrariamente a lo que muchos piensan, Occidente no se define simplemente por una ubicación geográfica ni por nuestra relación con Estados Unidos o Europa.
La civilización occidental constituye una herencia cultural, filosófica, jurídica y espiritual cuyas tres grandes raíces históricas se encuentran en Grecia, Roma y la tradición judeocristiana. Grecia nos legó el pensamiento racional y la filosofía; Roma, importantes fundamentos del derecho y las instituciones; y la tradición judeocristiana influyó profundamente en nuestra concepción de la dignidad humana, la moral y la responsabilidad individual. Posteriormente, el Renacimiento y la Ilustración enriquecieron y transformaron esa herencia, contribuyendo al desarrollo de la ciencia, las libertades y las instituciones democráticas modernas. Chile pertenece culturalmente a Occidente por esta tradición, enriquecida también por los pueblos originarios y sucesivas corrientes migratorias.
En un mundo cada vez más interconectado, donde la globalización y la inteligencia artificial atraviesan fronteras, es legítimo preguntarse si estas transformaciones amenazan nuestras identidades nacionales. Sin embargo, resulta interesante comprobar que la propia Carta de las Naciones Unidas reconoce la igualdad soberana de los Estados, mientras la UNESCO, mediante su Convención de 2005, protege la diversidad de las expresiones culturales y reconoce el derecho de cada país a preservarlas. Incluso el Pacto Mundial para la Migración reconoce la soberanía de los Estados para determinar sus políticas migratorias. Estos antecedentes permiten despejar ciertos mitos sobre supuestas intenciones de eliminar las fronteras o convertir al mundo en una sola nación.
Lo anterior no significa aprobar todas las actuaciones de estos organismos internacionales. Sus decisiones pueden y deben examinarse críticamente, especialmente cuando afectan los intereses nacionales. Pero una cosa es cuestionar políticas concretas y otra construir relatos sobre intenciones que no han sido demostradas. En tiempos en que las redes sociales y la inteligencia artificial pueden amplificar informaciones erróneas, debemos distinguir entre hechos, interpretaciones y opiniones, incluso cuando estas últimas coincidan con nuestras convicciones. Defender nuestra identidad no exige rechazar la cooperación internacional, como tampoco participar en un mundo globalizado significa renunciar a nuestras raíces.
Otro aspecto relevante del estudio de AthenaLab es la inmigración. Según estimaciones oficiales, a diciembre de 2023 residían en Chile 1.918.583 extranjeros, mientras el Censo 2024 registró, mediante una metodología diferente, 1.608.650 habitantes nacidos fuera del país. AthenaLab revela que un 48% considera que la llegada de extranjeros ha debilitado la identidad nacional, mientras un 58% percibe una sociedad dividida entre la inclusión y el rechazo hacia la inmigración. Una percepción no demuestra necesariamente una relación causal, pero refleja una preocupación que merece atención. Curiosamente, Ipsos había señalado en 2024 que un 55% consideraba que la inmigración reciente había fortalecido el sentimiento de identidad entre los chilenos como forma de diferenciación, mientras un 52% reconocía el aporte histórico de las migraciones a nuestra identidad.
¿Podemos integrar a quienes llegan sin perder aquello que nos identifica? Considero que sí, pero ello requiere políticas migratorias responsables, respeto a nuestras leyes y capacidad para transmitir nuestra historia, nuestras instituciones y nuestras tradiciones, reconociendo también la dignidad, los derechos y los aportes de quienes llegan. Integrarse a una sociedad significa algo más que compartir un territorio: exige respetar reglas comunes y desarrollar un verdadero sentido de pertenencia.
AthenaLab identifica también nuestra capacidad de unirnos ante catástrofes, campañas solidarias o acontecimientos deportivos, fenómeno que denomina «cohesión episódica». ¿Por qué esa solidaridad no consigue mantenerse en nuestra convivencia cotidiana? Desde mi experiencia como docente de pregrado en la Universidad Bernardo O’Higgins, particularmente en Responsabilidad Social Universitaria, encuentro en la educación una oportunidad concreta para enfrentar este desafío. En esta asignatura, los estudiantes identifican problemas sociales, investigan sus causas y proponen soluciones trabajando en equipos multidisciplinarios, integrados por alumnos de distintas carreras. Esta metodología, promovida mediante los contenidos académicos y los criterios de evaluación, permite intercambiar conocimientos, escuchar opiniones diferentes, desarrollar pensamiento crítico y descubrir que un mismo problema puede observarse desde distintas perspectivas profesionales. Es una experiencia que favorece el conocimiento mutuo, el diálogo y la responsabilidad compartida.
Hay también una dimensión institucional que considero especialmente valiosa. Quien ingresa a la sede central de la Universidad Bernardo O’Higgins encuentra el busto del Padre de la Patria, nuestro pabellón nacional, las banderas de la Patria Vieja y de la Patria Nueva y la imagen de la Virgen del Carmen. Pero hay algo todavía más significativo: el ideario o’higginiano está presente, enmarcado, en cada una de nuestras salas de clases. No permanece exclusivamente en los estatutos o documentos institucionales, sino que recuerda diariamente los principios que orientan nuestra labor educativa: libertad, mérito, responsabilidad, dignidad humana y espíritu de servicio. Porque, en definitiva, el verdadero reconocimiento a Bernardo O’Higgins no consiste solamente en llevar su nombre, sino en estar a la altura de lo que representa. Y qué mejor manera de demostrarlo que formando profesionales que, mediante sus conocimientos, su conducta ética y su compromiso social, dejen bien puesto el nombre de su universidad y el de quien le dio su identidad.
Este sentimiento de pertenencia no es exclusivo de una universidad. Lo encontramos en los colegios que mantienen la tradición de izar semanalmente el pabellón nacional y entonar nuestro himno; en las familias que cada 19 de septiembre acompañan y aplauden a nuestras Fuerzas Armadas durante la Gran Parada Militar; en los honores que rinde la Guardia de Palacio al Presidente de la República, independientemente de quien ejerza el cargo, y en los tradicionales cambios de guardia. También está presente en el Altar de la Patria, donde descansan los restos de Bernardo O’Higgins, y en la recuperación del monumento al general Manuel Baquedano. No se trata simplemente de banderas, himnos, ceremonias o monumentos, sino de comprender lo que representan y transmitir su significado a las nuevas generaciones.
Por todo ello, considero que AthenaLab ha realizado una contribución que merece reconocimiento y amplia difusión. Su investigación nos invita a reflexionar no solamente sobre cuánto queremos a Chile, sino sobre cuánto estamos dispuestos a hacer por él. Porque la cohesión nacional no exige pensar todos de la misma manera, sino aprender a convivir, respetarnos y trabajar por objetivos compartidos.
Si tanto nos enorgullece ser chilenos, ¿por qué nos cuesta tanto confiar en nuestros compatriotas y construir juntos el país que decimos amar?
Quizás nuestro desafío no sea recuperar un orgullo nacional que sigue presente, sino transformarlo en compromiso, responsabilidad y auténtica cohesión social. Porque una patria no se sostiene únicamente en aquello que sus habitantes recuerdan o celebran, sino también en aquello que son capaces de construir juntos.
Christian Slater E.
Docente de Pregrado
Universidad Bernardo O’Higgins