.
Hoy: octubre 22, 2026
Universidad Bernardo O’Higgins: donde las oportunidades tienen rostro

Universidad Bernardo O’Higgins: donde las oportunidades tienen rostro

22.2K Lecturas

A 36 años de su fundación, las cifras muestran una universidad que ha crecido; sus estudiantes, profesores y funcionarios permiten comprender la dimensión humana de esa transformación.

El crecimiento institucional y la mirada desde el aula

Señor Director:

Una reciente entrevista publicada por La Tercera al rector de la Universidad Bernardo O’Higgins (UBO), Claudio Ruff, entrega antecedentes que permiten dimensionar cuánto puede transformarse una institución universitaria en poco más de una generación. La UBO acaba de cumplir 36 años y, entre las cifras que menciona su rector, hay algunas especialmente llamativas: cuando asumió en 2011, la universidad contaba con apenas dos académicos con doctorado y hoy son cerca de 300; en ese mismo período, mientras la cantidad de estudiantes aproximadamente se duplicó, el patrimonio institucional se multiplicó por cinco. A ello se agregan el desarrollo de la investigación, la internacionalización, el fortalecimiento académico y una creciente preocupación por la empleabilidad de sus egresados, antecedentes que permiten apreciar una evolución que va bastante más allá del crecimiento de la matrícula.

Mientras leía aquella entrevista pensé inevitablemente en lo que uno observa desde otro lugar de la universidad: la sala de clases. Hace pocos días llegué a la UBO alrededor de las 8:15 de la mañana. Mi clase comenzaba a las 8:30 y ya había dos alumnas esperando. Una estaba sentada al fondo, visiblemente cansada; la otra aprovechaba esos minutos frente a un pequeño computador. Les pregunté por qué habían llegado tan temprano y sus respuestas me hicieron recordar algo que los profesores nunca debiéramos olvidar. Una venía desde El Quisco y la otra desde Melipilla. Esta última se levantaba aproximadamente a las cinco de la mañana, la acercaban en automóvil hasta donde podía tomar un bus, luego continuaba hasta el Metro y desde allí completaba su recorrido hacia la universidad. Cuando a las 8:30 comienza la clase, el profesor ve a una estudiante sentada frente a él, pero muchas veces desconoce las horas de viaje, el cansancio y el esfuerzo que existieron antes de que esa joven cruzara la puerta de la sala.

El semestre pasado viví una experiencia parecida. Una alumna se quedaba dormida con cierta frecuencia durante la clase y habría sido muy fácil concluir que tenía poco interés, que no descansaba lo suficiente por irresponsabilidad o que simplemente no estaba comprometida. Preferí conversar con ella al término de una jornada. Sus amigas quisieron acompañarla y, naturalmente, no había inconveniente. Entonces me explicó que trabajaba en un restaurante lavando platos hasta tarde, por lo que algunas mañanas llegaba a clases después de haber dormido apenas unas horas. Situaciones como esas enseñan también al profesor, porque nos recuerdan que vemos al estudiante desde el momento en que entra a nuestra sala, mientras su vida comenzó varias horas antes y puede incluir trabajo, largos desplazamientos, responsabilidades familiares o dificultades que desconocemos completamente.

Gratuidad, esfuerzo y la proyección de las oportunidades

Estas historias adquieren especial significado cuando hablamos de gratuidad. Esta política ha permitido que miles de jóvenes accedan a la educación superior sin que la situación económica de sus familias constituya la barrera que fue para generaciones anteriores, pero gratuidad nunca ha significado ausencia de esfuerzo. Puede aliviar una barrera económica, pero no elimina las cinco de la mañana, los buses, el Metro, las horas de viaje, el trabajo después de clases ni las responsabilidades familiares. Cada estudiante continúa aportando algo que ninguna política pública puede reemplazar: perseverancia, responsabilidad y la voluntad de aprovechar una oportunidad que puede modificar profundamente su futuro.

Hace algunas semanas tuve también la oportunidad de conversar en el programa Voces de Mando de El Periodista TV con el vicerrector de la Universidad Bernardo O’Higgins, Jorge Arias. Durante esa conversación apareció un antecedente que adquiere un significado especial cuando uno conoce historias como las de estos estudiantes: antes de ocupar una de las principales responsabilidades académicas de la institución, Arias fue alumno de la misma universidad. No se trata de presentar esa trayectoria como una medida de éxito aplicable a todos ni de suponer que cada estudiante debe aspirar a recorrer un camino semejante, sino de recordar hasta dónde puede proyectarse una oportunidad educacional cuando se combina con esfuerzo, formación y desarrollo profesional. Para quienes hacemos clases constituye además una buena advertencia: nunca sabemos realmente hasta dónde puede llegar la persona que hoy está sentada frente a nosotros.

«En aquella conversación hablamos de pensamiento crítico, responsabilidad social, formación ética, inteligencia artificial y de los desafíos que enfrentarán las nuevas generaciones de profesionales.»

También abordamos el ideario de Bernardo O’Higgins, quien da nombre a la universidad, y la vigencia que mantienen valores asociados a su figura como la educación, el servicio, la responsabilidad y la preocupación por el país. Son dimensiones que complementan la evolución descrita por Claudio Ruff, porque el crecimiento patrimonial, la incorporación de académicos con doctorado, el desarrollo de la investigación y la internacionalización adquieren pleno sentido cuando amplían las capacidades de una institución para enseñar, investigar y formar profesionales preparados para un mundo que cambia a enorme velocidad.

La dimensión humana de la comunidad universitaria

Con el paso de estos meses he ido descubriendo, además, que una universidad no se conoce solamente conversando con sus autoridades ni observando sus estadísticas. Como profesor la encuentro todos los días en situaciones bastante más sencillas:

  • En mi coordinadora académica de Responsabilidad Social Universitaria, que orienta, acompaña y ayuda a resolver las dudas propias de quien debe ir conociendo una institución desde dentro.
  • En una funcionaria cuya extraordinaria disposición agradezco especialmente, porque desde el primer momento me ayudó a resolver un trámite que debo realizar ante el Servicio de Impuestos Internos y hasta hoy, cada mes, se da el tiempo de orientarme y corregirme para que pueda hacerlo adecuadamente.
  • En quien desde muy temprano abre una sala, enciende las luces y pone en funcionamiento la calefacción antes de que lleguen alumnos y profesores.
  • En el joven de la sala de profesores que registra nuestra presencia y responde siempre con buena voluntad.
  • En el guardia que cada mañana recibe, pregunta, orienta y, con el paso del tiempo, comienza también a reconocer a quienes llegamos regularmente a hacer clases.

También la he encontrado en profesores con más experiencia dentro de la UBO que, a veces después de una conversación de pocos minutos en un pasillo o en la sala de profesores, ayudan espontáneamente a resolver aquello que para quien recién se incorpora puede parecer más complicado de lo que realmente es. Así he aprendido a manejar mejor la intranet, a comprender procedimientos internos y a aprovechar el Aula Virtual, cuya organización y utilidad para el trabajo docente me han sorprendido positivamente.

Nada de aquello constituye una hazaña extraordinaria y precisamente por eso resulta importante. Una institución también se construye con personas capaces de detenerse algunos minutos para orientar a otro, facilitar su trabajo o simplemente recibirlo con amabilidad. En estos meses esa sensación de comunidad me deparó incluso una sorpresa personal inesperada: reencontrarme dentro de la universidad con una joven sobrina que trabaja allí y a quien fue una enorme alegría volver a ver. Una universidad puede tener miles de estudiantes, cientos de académicos, investigadores, funcionarios y autoridades, pero para quien llega a ella por primera vez esa gran estructura comienza a adquirir rostro cuando reconoce personas, aprende sus nombres, recibe una orientación y poco a poco deja de sentirse simplemente alguien que viene a impartir una clase para comenzar a sentirse parte de una comunidad.

El espíritu o’higginiano en la era digital

Tal vez por eso, cuando se habla del ideario de Bernardo O’Higgins y de valores como el servicio, la responsabilidad o la preocupación por los demás, no es necesario buscarlos únicamente en grandes declaraciones institucionales. También pueden reconocerse en conductas cotidianas: en quien llega temprano para que una sala esté preparada, en quien ayuda a un profesor a resolver un trámite, en quien explica una plataforma a un colega, en quien acompaña a un estudiante con dificultades o simplemente en quien trata bien a otra persona. Quizás sea en esas expresiones sencillas donde aquello que podríamos llamar un espíritu o’higginiano deja de ser solamente una referencia histórica y comienza a percibirse, discretamente, en los pasillos de una universidad que lleva su nombre.

Mirados desde esa perspectiva, los 36 años de la Universidad Bernardo O’Higgins pueden contarse de varias maneras. Las cifras que entrega Claudio Ruff muestran cuánto ha crecido y se ha transformado institucionalmente; la trayectoria de Jorge Arias demuestra una de las múltiples posibilidades que puede abrir la educación a lo largo de una vida; y las historias de quienes se levantan a las cinco de la mañana para viajar desde Melipilla, llegan desde El Quisco o trabajan hasta tarde lavando platos antes de volver a clases muestran cuánto esfuerzo humano existe detrás de una matrícula universitaria. Junto a ellos están los profesores, coordinadores, administrativos, auxiliares, personal de seguridad y tantas otras personas cuyos nombres probablemente nunca aparecerán en un ranking, pero cuyo trabajo cotidiano permite que cifras, proyectos y propósitos institucionales se conviertan en una experiencia concreta.

En tiempos de inteligencia artificial y de transformaciones tecnológicas aceleradas, las universidades necesariamente deberán seguir desarrollando investigación, infraestructura, capacidades académicas, internacionalización y nuevas herramientas de enseñanza. La experiencia cotidiana demuestra al mismo tiempo que esos avances pueden convivir perfectamente con algo profundamente humano: conocer a las personas, comprender las distintas realidades desde las cuales llegan, exigir cuando corresponde, orientar cuando es necesario y ofrecer oportunidades para que cada uno pueda desarrollar aquello que es capaz de llegar a ser. Quizás sea precisamente en ese encuentro entre crecimiento institucional, calidad académica, esfuerzo personal, servicio y comunidad donde mejor se comprende por qué, en la Universidad Bernardo O’Higgins, las oportunidades tienen rostro.


Christian Slater E.
Docente de pregrado, Universidad Bernardo O’Higgins (UBO)
Responsabilidad Social Universitaria.

Nuestras redes Sociales

Lo Mas Popular

Lo último de Blog

Ir aArriba

No te lo pierdas