
Señor Director: ¿Tanto muerto, sufrimiento y desencuentro… para esto?
Christian Slater E.
Señor Director:
El problema no es solo que cambien de opinión. Es que lo hagan justo cuando más daño puede hacerles la verdad.
¿Tanto muerto, sufrimiento y desencuentro... para esto?
"...Así divididos, no hay estrategia que valga. No hay candidato que baste. Sin unidad, solo se puede esperar una nueva derrota..."
Escribo estas líneas no como analista ni como espectador, sino como exsoldado. Fui parte de una generación que conoció de cerca el precio de una patria dividida. Serví en silencio mientras muchos de los grandes responsables políticos del quiebre institucional —los que debieron dar la cara— simplemente se desentendieron. Y duele ver que, cincuenta años después, pareciera que no aprendimos nada.
El pasado domingo, la candidata comunista Jeannette Jara se impuso en unas primarias con una participación bajísima: menos del 8 % del padrón. Apenas 700.000 votos le bastaron para convertirse en la carta presidencial del oficialismo. Y aun así, celebran como si tuvieran un respaldo contundente. La maquinaria del Estado, con su clientelismo aceitado y sus operadores desplegados, cumplió su función. Y frente a eso, la derecha... dividida, sin estrategia ni unidad. Algunos prefieren seguir discutiendo entre sí o simplemente advertirnos —una y otra vez— que Jara es comunista. Como si con eso bastara. No basta. No servirá.
Como si lo anterior no fuera suficiente, ahora se instala otra jugada aún más preocupante: que Jeannette Jara podría "renunciar" formalmente al Partido Comunista para intentar aparecer como una figura más transversal, tal vez como "independiente", y así facilitar su llegada a segunda vuelta. Pero no se puede renunciar al origen ni a lo que se ha representado durante toda una vida. No se puede lavar la historia con un simple trámite partidario. El disfraz no cambia la naturaleza del proyecto político que encarna.
Con el respeto que corresponde, pero con la firmeza de quien ha visto las consecuencias de la indecisión, afirmo que cuando los políticos fallan, es el pueblo el que paga el precio. Y si hoy la derecha no logra unirse ni actuar con coraje, el comunismo no necesitará parecerlo. Le bastará con que nadie lo enfrente con visión y convicción.
No escribo esto para quienes lucran con el pasado, ni para los que hacen política con los muertos. Lo escribo para los que sí han perdido algo o a alguien, en uno u otro bando, y saben que nada de lo que vivimos en los 70 debió ocurrir. Y hoy, volvemos a ese mismo punto. Y entonces, uno vuelve a preguntarse: ¿Tanto muerto... para qué? ¿Tanto juramento, tanta vida ofrecida, tanta historia ignorada... para terminar nuevamente en manos de los mismos políticos que sembraron división y después huyeron del campo de batalla? ¿Tantos culpables, y muchos más inocentes, perseguidos durante décadas por jueces que hoy condenan no por participación en crímenes concretos, sino simplemente por haber sido militares en tiempos de crisis?
Esa es justamente la base de la grave querella por cuasidelito de prevaricación presentada contra el ministro en visita, Álvaro Mesa, quien dictó condena sin pruebas de autoría ni participación directa, aplicando una lógica perversa: que el solo hecho de pertenecer al Ejército basta para condenar. Y lo más alarmante no es solo la existencia de esta querella, sino lo que ocurrió con ella. El día 30 de junio fue declarada admisible por el juez de garantía de Temuco, don Federico Gutiérrez Salazar, reconociendo que correspondía analizar judicialmente si se había dictado una resolución injusta, como señala el artículo 224 del Código Penal.
Sin embargo, apenas 25 horas después —y en una decisión totalmente inédita y sospechosamente veloz— el mismo juez revocó su resolución, declarando ahora inadmisible la misma querella que él mismo había acogido. Afirmó que no se trataba de prevaricación, sino de una "discrepancia interpretativa", como si condenar a alguien por su sola calidad de militar fuera un error técnico menor. No hay explicación jurídica razonable para este cambio exprés, salvo una posibilidad que resulta inquietante: que existieron presiones externas o condicionamientos institucionales que alteraron el curso natural del procedimiento. ¿Qué Estado de Derecho puede sostenerse sobre fallos dictados con temor o por conveniencia? ¿Qué garantías tiene un ciudadano —menos aún un exuniformado— cuando los jueces primero razonan en derecho y luego se desdicen por razones ajenas a él? Todo esto no busca justicia. Solo busca castigo.
En estos días en que recordaremos el Combate de La Concepción —ocurrido el 9 y 10 de julio de 1882— no puedo dejar de pensar en lo que verdaderamente significa dar la vida por la patria. Setenta y siete jóvenes soldados chilenos enfrentaron en la sierra peruana a más de dos mil enemigos. Lucharon hasta el final, sin rendirse, sin huir. Y tras aquel combate desigual y sangriento, los corazones de sus cuatro oficiales —Carrera Pinto, Cruz Martínez, Montt Salamanca y Pérez Canto— fueron extraídos por sus propios camaradas y traídos de vuelta a Chile. Fue un gesto desesperado, pero lleno de sentido: era lo único que quedaba de ellos. Hoy esos corazones reposan en la Catedral de Santiago, junto a una placa que dice:
"Aquí, en el primer templo de Chile y a la vista del Dios de los Ejércitos, para perpetuo ejemplo de patriotismo se guardan los corazones de Ignacio Carrera Pinto, Julio Montt Salamanca, Arturo Pérez Canto y Luis Cruz Martínez."
Esa es la vara con que se mide el verdadero servicio a la nación. Y uno se pregunta, con dolor y sin evasivas: ¿tanta historia ignorada... para terminar otra vez sometidos al juicio de quienes jamás estuvieron en el campo de batalla?
Esta vez, debe ganar la democracia, pero no cualquiera: una democracia conducida por políticos con vocación de servicio, dispuestos a protegerla y respetarla. Es impensable —y sería inaceptable— que nuevamente las Fuerzas Armadas y de Orden tengan que hacerse cargo de la ineptitud de los políticos. El daño, la traición y el abandono que recibieron son irreparables e irreversibles. Hoy es más probable que se sumen a un proyecto revolucionario serio, uno que nunca más las utilice para después entregarlas al desprecio, la persecución judicial y el escarnio público. No volverán a ser peones del poder. Porque ya aprendieron que los mismos políticos, intelectuales camaleónicos y columnistas liberales que hoy las critican desde un cómodo sillón, solo se acuerdan de ellas cuando les conviene... y siempre demasiado tarde.
Chile está cansado. Pero aún tiene esperanza. Y esa esperanza ya no puede depositarse en una derecha que, con todos sus apellidos —liberal, conservadora, republicana, nacionalista o socialcristiana— ha demostrado ser incapaz de entender el momento histórico. Porque el comunismo no renace ni avanza por arte de magia: lo hace gracias a la torpeza de una derecha que se divide, se sabotea y renuncia a la unidad por cálculo personal. La historia no absolverá a quienes, por egos o conveniencias, entreguen otra vez el poder, a quienes buscan destruir nuestras libertades desde dentro del Estado. Así divididos, no hay estrategia que valga. No hay candidato que baste. Sin unidad, solo se puede esperar una nueva derrota.
Si la señal de unidad no nace de los partidos, tendrá que nacer de los que todavía creemos en la patria. Porque Chile vale la pena. Y no se rinde.
Christian Slater Escanilla. Coronel (R) del Ejército de Chile. Un Patriota sin Partido Político.
Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente el pensamiento de The Times en Español. Como medio de comunicación, ofrecemos un espacio para el pensamiento independiente, sin importar el color político de las opiniones expresadas.


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