
Este jueves por la noche, hora local de Nueva Zelanda, un sismo de magnitud revisada a 5,9 sacudió una zona ubicada aproximadamente 40 kilómetros al norte de Te Anau, en la región de Southland, Isla Sur. La Agencia Nacional de Manejo de Emergencias activó protocolos de tsunami para la costa oeste, desde Milford Sound hasta Puysegur Point, instando a la población a desplazarse hacia terreno elevado ante la posibilidad de inundación. Horas después, tras ajustar la magnitud a la baja desde reportes iniciales cercanos a 6,3, la alerta fue degradada. No se reportaron daños estructurales significativos ni heridos, pero el episodio dejó en evidencia algo más profundo que la geología: la sensibilidad de ciertas cadenas de valor ante eventos que, aunque moderados, ocurren en economías altamente expuestas al Anillo de Fuego del Pacífico.
Fiordland bajo alerta: el turismo como sector expuesto
Te Anau funciona como puerta de entrada principal al Parque Nacional Fiordland y a Milford Sound, uno de los atractivos naturales más icónicos de Nueva Zelanda. El turismo en la Isla Sur, y particularmente en Southland, representa una fuente sustancial de ingresos regionales. Antes de la pandemia, la actividad turística en Southland rondaba los 700 millones de dólares neozelandeses anuales, con alta dependencia de visitantes internacionales que llegan atraídos por paisajes de fiordos, glaciares y lagos. A nivel nacional, el turismo aporta directamente alrededor del 4,6 % del PIB neozelandés, con un gasto total que superó los 46 mil millones de dólares neozelandeses en el año hasta marzo de 2025, generando empleo directo para casi 195 mil personas.
Un evento como este, aunque breve, puede generar efectos inmediatos en reservas hoteleras, tours en barco y operaciones de transporte terrestre hacia Milford Sound. El miedo percibido, cierres preventivos de caminos o cancelaciones de última hora afectan especialmente a operadores pequeños y medianos que operan con márgenes ajustados y estacionalidad marcada. En economías abiertas como la neozelandesa, donde el turismo compite con lácteos y carne como generador de divisas, cualquier disrupción temporal se traduce en presión sobre el tipo de cambio del dólar neozelandés y en menores ingresos fiscales por IVA y tasas turísticas. Chile conoce bien esta dinámica: su sector turístico costero y de naturaleza también sufre cuando alertas sísmicas o tsunamis generan cancelaciones masivas, aunque el peso relativo del cobre amortigua el golpe macroeconómico.
El peso de los desastres en economías pequeñas y abiertas
Nueva Zelanda y Chile comparten una condición estructural: ambos países se ubican sobre el borde de placas tectónicas activas y han desarrollado capacidades institucionales avanzadas para enfrentar eventos sísmicos y tsunamis. Sin embargo, la escala de los impactos económicos varía según la penetración de seguros, la diversificación productiva y la capacidad fiscal de absorber shocks. El histórico terremoto de Canterbury (2010-2011) en Nueva Zelanda generó pérdidas económicas estimadas en torno al 10-15 % del PIB de la época, con daños asegurados que superaron los 23 mil millones de dólares neozelandeses. La Earthquake Commission (EQC) cubrió gran parte de las viviendas residenciales, mientras que reaseguradores internacionales absorbieron el excedente. Estudios posteriores mostraron que la región de Canterbury registró un crecimiento relativo superior al de su contrafactual sintético en los años siguientes, impulsado en parte por el boom de reconstrucción.
En Chile, el terremoto del Maule de 2010 produjo daños estimados en decenas de miles de millones de dólares, afectando infraestructura portuaria crítica para las exportaciones. Sin embargo, las minas de cobre, principal motor exportador del país, sufrieron interrupciones limitadas y el precio del metal incluso experimentó alzas puntuales por incertidumbre de oferta. Los puertos del norte, como Iquique en 2014, sufrieron daños en muelles que retrasaron operaciones, pero la diversificación geográfica de la minería y la rápida respuesta logística permitieron una recuperación más veloz que en escenarios sin preparación previa. Ambos países demuestran que la magnitud del sismo importa menos que la calidad de la infraestructura y la velocidad de la respuesta institucional.























