
El dato que alarma a la región: Argentina, entre los peores desempeños en vacunación pediátrica
Los organismos internacionales no dejan margen para interpretaciones optimistas. Según el último informe de UNICEF y la Organización Mundial de la Salud, Argentina figura entre los cinco países de las Américas con las coberturas de vacunación pediátrica más bajas. Comparten este lugar poco envidiable: Haití, Venezuela, Surinam y Bolivia. Los datos, referidos a 2025 y construidos sobre las proyecciones de cobertura de 2024, reflejan un retroceso sostenido que coloca al país en una situación de vulnerabilidad sanitaria que no se veía desde hace décadas.
La cifra más contundente es la de los niños y niñas que nunca recibieron ninguna vacuna: aproximadamente 101.000 en todo el territorio nacional. Este grupo de “cero dosis” representa un núcleo de población sin ninguna protección inmunológica frente a enfermedades prevenibles que, hasta hace poco, se consideraban controladas o eliminadas en Argentina.
La región en su conjunto atraviesa una crisis de vacunación que UNICEF describió como la mayor caída mundial en la última década. Aunque algunos países muestran signos de recuperación parcial, Argentina se ubica en la cola del desempeño regional, por debajo incluso de naciones con menores recursos pero mejor organización en sus programas de inmunización.
¿Qué vacunas están fallando y cuánto ha caído la cobertura?
El deterioro no es uniforme. Las vacunas que más han sufrido son aquellas que requieren múltiples dosis o que se aplican en edades más avanzadas de la infancia. La primera dosis de la vacuna triple viral (sarampión, paperas y rubéola), que en 2014 alcanzaba coberturas cercanas al 95 %, descendió a alrededor del 82 % en 2024. Esto significa que casi uno de cada cinco niños que deberían estar protegidos contra el sarampión no recibió la primera dosis a tiempo.
En el caso de los niños de 5 y 6 años que ingresan a la escuela primaria, los datos son aún más preocupantes: en 2024, menos de la mitad completaron el esquema de vacunas requerido para ese momento de la vida escolar. Esta brecha en el refuerzo de inmunidad genera bolsas de susceptibilidad que facilitan la circulación de patógenos.
Las vacunas contra la tos ferina (pertussis), la poliomielitis y otras enfermedades incluidas en el calendario nacional también muestran coberturas insuficientes para garantizar la inmunidad de rebaño. Cuando una proporción significativa de la población infantil queda sin vacunar, el umbral de protección colectiva se rompe y las enfermedades pueden reaparecer incluso en contextos donde habían sido controladas durante años.
Las causas detrás del retroceso: una combinación de factores que se acumularon
El descenso de las coberturas de vacunación en Argentina no responde a una única causa, sino a la convergencia de varios factores que se potenciaron en los últimos años. El más citado por especialistas es el impacto de la pandemia de COVID-19. Durante los años 2020 y 2021, los servicios de salud se reorientaron masivamente hacia la atención de la emergencia, lo que generó un atraso importante en los esquemas de vacunación de rutina. Muchos controles pediátricos se postergaron y las campañas de vacunación perdieron prioridad.
A este retraso estructural se sumó un fenómeno cultural y comunicacional: la proliferación de desinformación sobre vacunas tras la pandemia. Voces que cuestionaron la seguridad y eficacia de las vacunas contra el COVID-19 extendieron su escepticismo hacia el resto del calendario de inmunización. Aunque en Argentina no existe un movimiento antivacunas organizado y fuerte, la duda se filtró en sectores de la población y redujo la confianza en las recomendaciones médicas.
El contexto socioeconómico agravó la situación. Las crisis recurrentes y los ajustes en el gasto público afectaron la capacidad de las familias para acceder a los centros de salud, especialmente en zonas vulnerables y en el interior del país. El transporte, el tiempo de espera y la percepción de que “las enfermedades ya no circulan” actuaron como barreras adicionales. Muchos padres consideran que el riesgo de contraer sarampión o tos ferina es bajo porque “ya no se ven casos”, sin comprender que esa ausencia de casos es precisamente el resultado de las altas coberturas de vacunación mantenidas durante décadas.
Especialistas de la Sociedad Argentina de Pediatría y de la Organización Panamericana de la Salud destacan también el debilitamiento de las estrategias territoriales de captación activa de niños no vacunados y la menor recomendación proactiva por parte de los equipos de salud en algunos centros. Cuando la recomendación médica pierde fuerza, las familias que dudan o postergan la vacunación tienen menos incentivos para completarla.
Las consecuencias sanitarias: el riesgo real de brotes
La consecuencia más inmediata y peligrosa de las bajas coberturas es la reaparición de enfermedades que Argentina había eliminado o mantenido bajo control estricto. Ya se han registrado casos y muertes por tos ferina en 2025, con al menos siete fallecimientos reportados en algunos análisis. El sarampión, que fue declarado eliminado en las Américas en 2016, vuelve a representar una amenaza real si las coberturas no se recuperan rápidamente.
La poliomielitis, erradicada en el continente desde hace más de tres décadas, sigue siendo un riesgo teórico pero concreto mientras existan niños sin ninguna dosis de vacuna antipoliomielítica. Un solo caso importado o derivado de virus vacunal podría generar brotes en poblaciones con inmunidad de rebaño comprometida.
Los brotes no solo afectan a los niños no vacunados. Generan una carga importante sobre el sistema de salud, generan miedo en la población y pueden derivar en medidas de contención costosas, como campañas masivas de vacunación de emergencia. Además, cada caso evitable representa un fracaso del sistema de protección de la infancia.
Comparación regional: por qué Argentina está peor que muchos países vecinos
El informe de UNICEF y la OMS permite contextualizar la situación argentina dentro de la región. Mientras 27 de los 35 países de las Américas alcanzaron coberturas del 90 % o superior en al menos una vacuna clave en 2025, ocho países —incluida Argentina— quedaron por debajo de ese umbral crítico.
Países con menores recursos per cápita, como algunos de Centroamérica, lograron mantener o recuperar coberturas más altas gracias a programas de vacunación más agresivos, mejor coordinación intersectorial y campañas sostenidas de comunicación. Argentina, que históricamente fue referente en salud pública y en control de enfermedades inmunoprevenibles, perdió terreno en los últimos años.
La comparación con Haití, Venezuela o Bolivia es particularmente dolorosa porque pone de relieve que problemas estructurales profundos (inestabilidad política, migración masiva, colapso de servicios) no son la única explicación posible. En Argentina, el retroceso ocurrió en un contexto de mayor estabilidad institucional y con un sistema de salud que, pese a sus dificultades, sigue teniendo mayor capacidad instalada que muchos países de la región.
El camino de salida: lo que recomiendan los organismos internacionales y los especialistas locales
Recuperar las coberturas de vacunación requiere acciones simultáneas en varios frentes. UNICEF y la OMS enfatizan la necesidad de campañas intensivas de recuperación de esquemas atrasados, con énfasis en los niños cero dosis y en aquellos que abandonaron el calendario a mitad de camino.
En el plano comunicacional, los expertos coinciden en la urgencia de campañas masivas y sostenidas que restauren la confianza en las vacunas. Esto implica mensajes claros desde el Estado, participación de pediatras y sociedades científicas, y presencia en escuelas, medios y redes sociales. La percepción de bajo riesgo debe contrarrestarse con información precisa sobre la circulación real de patógenos y las consecuencias de los brotes.
En el nivel operativo, se requiere fortalecer la captación activa de niños no vacunados, mejorar la logística en provincias con mayores dificultades de acceso y garantizar la disponibilidad permanente de vacunas en todos los centros de salud. La articulación entre el nivel nacional, provincial y municipal resulta fundamental en un país federal.
Algunos analistas también señalan la conveniencia de revisar el impacto de las políticas de austeridad sobre los programas de salud materno-infantil y de evaluar si los recortes presupuestarios o la reducción de personal afectaron la capacidad de los equipos territoriales para realizar seguimiento de vacunación.
Una advertencia que no se puede ignorar
Los 101.000 niños argentinos sin ninguna vacuna no son solo una estadística. Representan una generación que crece sin la protección básica que el Estado y la sociedad tienen la obligación de garantizar. Cada punto porcentual que cae la cobertura de vacunación amplía las grietas por donde pueden filtrarse enfermedades que ya habían sido controladas.
Argentina tiene la infraestructura, el conocimiento técnico y la tradición de salud pública para revertir esta tendencia. Lo que falta es decisión política sostenida, recursos suficientes y una estrategia de comunicación que llegue a todas las familias, especialmente a aquellas que más dificultades tienen para acceder al sistema de salud.
El informe de UNICEF y la OMS no es solo un diagnóstico. Es una alerta temprana. Si no se actúa con rapidez y contundencia, los brotes de sarampión, tos ferina y otras enfermedades prevenibles dejarán de ser una posibilidad remota para convertirse en una realidad cotidiana. La salud de la infancia argentina está en juego, y el tiempo para actuar se está agotando.





















